El amor (cómo no)

El sexo, la amistad y el amor son vértices de ese triángulo llamado vida en el que todos estamos metidos de una manera u otra. En las últimas semanas he estado viendo la muy recomendable mini-serie de Channel 4 llamada Dates, donde varios desconocidos se conocen a través de una página web y quedan para tener una cita que nunca será un cuento de hadas. Justo Nahúm hablaba de esto ayer en Diamantes en serie:

En los inicios, todos se amoldan al cliché; lógico, es la imagen que quieren proyectar para impresionar a su cita. Sin embargo, hacia el minuto 10 el espejo ha dejado paso al humano: seres hambrientos de cariño que, como anticipaba la cita de Camus, también andan huérfanos de autoestima. Al final, todo quisqui asoma sus heridas y buena parte de los arcos de transformación de los personajes recurrentes tienen que ver con una autoaceptación que, si acaso, les habilitará para querer y ser queridos. Poco más. Porque ninguno está soltero por casualidad, al contrario, todos andan peleando contra sus complejos, sus sueños, sus secretos, sus obsesiones y su propio pasado.

 

La gran mayoría de los personajes de Dates (exceptuando quizá a la compleja Mia -brillantemente interpretada por Oona Chaplin-) buscan desesperadamente el amor, como si su ausencia hiciera de la vida algo inaguantable. Y es que el amor idílico (cómo no) parece ser aquello que buscamos desesperadamente, incluso casi como única meta en la vida y acaba no importando si es con Deivid, David o Dave, lo importante es lograrlo:

Me tumbo sobre la cama y mi boca piensa en la palabra «amor».
Boca arriba dibujo a un príncipe con los ojos, proyecto sobre la pared  su imagen de otro tiempo.
Mi amor se llama Deivid, o David, o Dave, no importa.
Peleamos a veces, me envía telegramas sin remitente  y se  declara  en huelga de hambre si me niego a robarle un verso.
Escribe siempre con letra gótica, mi amor, y de noche se transforma  en isla para darme cobijo.
Adora el arroz y las almendras silenciosas de mamá.
Nos amamos, mi Deivid y yo, o mi David y yo, o mi Dave y yo.
A pesar de habitar en ciudades diferentes, incluso sobrevolando  mundos distintos en horas opuestas, nos amamos.
Ya conoce mi manía de morderme las uñas mientras me acicalo  el cabello de noche.
Le he contado la historia de mi abuela perversa, la que se oculta  tras el espejo y me llama con su melodía de agua.
Ha hecho suyos todos mis muertos y les lleva flores desde su pensamiento, magnolias frescas que de vez en cuando besan su boca a lo lejos.
No hay día en que no sienta su perfurme negro, ese aroma a mar embotellado que brama.
«Amor, Roma, una habitación», le digo, mientras, desde lejos, su aroma de hombre me tumba sobre la cama.

13-9-2037, Angélica Morales, Desmemoria, Premio Miguel Labordeta 2011, Ibercaja, 2012.

 

Por otro la semana pasada se estrenó en España, Antes del anochecer, la tercera parte de la trilogía de Richard Linklater en la que volvemos a ver a Ethan Hawke y Julie Delpy 20 años después del encuentro casual en aquel tren.

[ojo spoilers]

En esta ocasión ellos ya no son unos adolescentes con toda la vida por delante, sino cuarentones con hijos y una vida en pareja que no está exenta de problemas (Jesse tiene un hijo que vive en Chicago y siente que debe estar con él, mientras que toda la vida y carrera profesional de Celine está en París). El amor parece haberse evaporado después de tantos años y ya nada es tan perfecto como lo era 10 años antes estando de vacaciones, sino que ahora la vida real y los problemas reales dañan todo el romanticismo que una vez tuvieron. A pesar de que Antes del anochecer es la más oscura de las tres películas, nos invita a reflexionar sobre la vida en pareja y los problemas que inevitablemente aparecen con el tiempo. Y es que el amor (cómo no), se estropea con el uso.

[fin spoilers]

Ya no hay tiempo para coincidir con desconocidos en trenes camino a alguna parte, ahora conocemos a gente a través de redes sociales (o de páginas de citas como Badoo o Meetic), escudriñando su lista de intereses y viendo el porcentaje de compatibilidad que un algoritmo diseñado por un tipo sin novia ha creado para determinar si somos compatibles (¿Si a él le gustan Arcade Fire y a mí Arctic Monkeys puede que sea el amor de mi vida? ¿Si su película favorita es Annie Hall y la mía Buscando a Nemo eso significa que no podremos tener una vida juntos?). Parece que la indeterminación, lo aleatorio de la vida se ha ido suprimiendo por culpa de / gracias a las nuevas tecnologías.
Sobre la muerte del romanticismo la película hace un pequeño guiño cuando una pareja de jóvenes explica que se conocieron justo cuando uno de ellos se iba a marchar de aquel pueblo, a lo que Jesse y Celine les preguntan cómo hicieron para estar en contacto durante ese tiempo (ellos, en Antes del amanecer, decidieron no intercambiarse teléfonos, apellidos o direcciones y quedaron justo para verse un año después en esa misma ciudad) a lo que de una forma muy natural la joven pareja contesta mientras se sonríen «hablamos todas las noches por Skype».

 

P.D: No sé si le pasó a alguien más, pero yo no podía dejar de ver ciertos paralelismos entre la última conversación de la película y esta escena de Alta Fidelidad. O es que quizá todos los finales son el mismo repetido, como cantaba Sabina cuando Sabina aún sabía hacer canciones.
*** El título de El amor (cómo no) es de José Pablo Barragán y no mío.

06. julio 2013 por José Luis Merino
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Un Comentario

  1. todos o por lo menos casi todos queremos llevar una vida «normal» pero para amar y para ser felices con otra persona primero debemos amarnos y ser felices con nosotros mismos aceptándonos y viendo las cosas positivas que tenemos para poder dar un segundo paso.

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